Días de muertos

Por: Horacio Corro Espinosa

Conocemos, no con mucha precisión, ese pequeño trayecto entre la vida y la muerte.

Al poeta le atraen los misterios. Y lo único que tiene para aclarar ese misterio de la muerte, es, ver la cara de la vida.

Todos sabemos que para que tenga sentido la muerte, es preciso enfrentarnos a la muerte. El hombre, al ver las estrellas, tiene conciencia de su fugacidad porque es cuando se siente transitorio, entonces comienza a buscar lo esencial.

Desde la tradición indígena, los muertos mandan. Se respeta “la voluntad del difunto”, y se toman los consejos de los que ya se fueron o pasaron “a mejor vida”. Esas palabras pesan más que cualquier norma.

Los muertos, a pesar de muertos, mandan sobre el complicado mecanismo del subconsciente familiar que filtra ideas, tendencias, imágenes e instintos de generación en generación y de persona a persona.

El día de los muertos no es sólo una ceremonia del día uno y dos de noviembre, sino punto de referencia para que no se rompa la continuidad entre el ayer y el mañana. Es la fidelidad a la creencia de que están entre nosotros.

Estas fechas jamás van a morir, y mucho menos el colorido que va junto a las flores de cempasúchil.

Alrededor de esto, está el chiste, la burla ante las calacas, las frases ingeniosa y despectiva que ocultan el temor al silencio, al miedo, a la ausencia total y eterna.

Días antes a los días más importantes, la muerte está presente en todas partes. El artesano representa su esquelética figura. Lo mismo hace la hilandera, o el tejedor de la palma.

Las calles se llenan de esa “muerte viva”, resucitada a base de colores, o por la pluma afilada de quienes inventan la sátira. Por todas estas tradiciones, la muerte se niega a morir.

Cada año, los muertos del mexicano se inventan y reinventan en otros mitos combinados de verdad y mentira.

En este mes, también, las ramas de los árboles se dejan ver des­nudas, re­torcidas, para dar paso libre a la luz del sol que apare­ce tenue entre las nubes. Y al sol alguien lo rescata aquí abajo: la flor de cempasúchil. Ella es amarilla, solar, suculenta de vida y de per­fume, que renace puntual para darle color al día de muertos.

Allí, en los mercados, en las calles, sobre carros de carga es donde aparece exhibida en manojos. Su perfume parece concentrar los de la ruda y el romero, es, además, el incienso que rodea la ceremonia del día de muertos.

Junto a las flores, no pueden faltar las calaveritas de azúcar que son, a un mismo tiempo, símbolo, golosina y artesanía.

Es otra forma que pervive, a pesar de la competencia gringa de plástico que no tiene nada que ver con la tradición popular. Por desgracia, mucha gente la ha ido aceptando como propia, pero eso no es más que la celebración a la ignorancia.

 

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