Mal de montaña

Por Horacio Corro Espinosa

Después de las últimas elecciones en nuestra entidad, muchos se regocijaron por los triunfos de sus amigos, mientras otros sufrieron la pérdida de su candidato. Después de eso, muy pocos recibieron consecuencias positivas, y los más, lo inevitable: nada.

Muchos esperaban recibir algo dentro de este sexenio, es más, hubo quienes le apostaron con su dinero; y otros, hasta se endeudaron con tal de quedar bien con el candidato. Muchos de éstos convidaron su participación a vecinos y compadres para subirse al carro de la fortuna, pues según, era seguro que ya estaban adentro de la jugada sin ninguna duda.

Eran tantos, pero tantos los que se subieron al camión de la alegría, que pocos fueron los que permanecieron arriba de él. Los más cayeron al suelo y nadie de sus amigos se preocupó por echarles la mano para recogerlos, por lo menos.

Muchos de los que se quedaron en el camino, al poco rato se dieron cuenta que los ganones no fueron los que se partieron el lomo en la campaña, sino unos desconocidos que ni sabían de la existencia de Oaxaca.

La gente que se quedó lejos, camina sobre el coraje, la frustración y la desesperanza, porque aparte de meterle dinero propio a un negocio que no era suyo, se quedó, además, sin nada.

De los que se quedaron en el carro, la mayoría tiene chamba, pero no dinero. Les dieron chance de estar atrás de un escritorio pero sin ninguna seguridad de que les paguen. A otros más les dijeron que sus dos primeros meses no se les pagaría, pues su trabajo sería considerado como tequio.

Estos tienen un horario de 9 de la mañana a 10 u 11 de la noche, con una hora para comer. Los del tequio guardan ese secreto para que ningún medio lo difunda. Esa gente que tiene trabajo pero no pago, está viviendo en una auténtica etapa de esclavitud.

Los jefes, los que han cobrado religiosamente cada día desde que comenzó este periodo gubernamental, son los que imponen castigos cuando supuestamente no hacen bien la chamba. Los jefes son los que creen que tiene un I.Q (cosciente de inteligencia) superior a todos solo por ser el jefe.

Muchos de estos jefes creen que la inteligencia es suya, o creen que valen por el cargo, más no por su nombre. Creen que por ser jefes tienen una tatema tan grande donde les pueden caber varios litros de talento, y con eso, pueden hacer lo que se le pegue la gana.

A muchos de nosotros, mortales como cualquiera, desde que despertamos se nos ocurren cientos de ideas, unas sensatas y otras estrafalarias. No las expresamos todas por temor a que nos juzguen como locos; pero los jefes, pueden exponer cualquier locura sin que nadie se atreva a decirle que está loco. Por ser el jefe, no faltan los barberos que le califican de brillantes sus tonterías.

Los jefes casi siempre pierden los frenos y los controles. Y eso se debe a que viven en medio de una nube de adulaciones. La adulación siempre les nubla la visión.

Aunque se crean esos jefes más inteligentes, más guapos, más atractivos, su comportamiento dice que su IQ va en cascada.

Los que no son jefes, los que no reciben ninguna paga por su trabajo se preguntan: ¿…y dónde está el dinero que se le otorgó a este gobierno? ¿Dónde?

 

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