¿Son necesarias las campañas políticas?

Por Horacio Corro Espinosa

De veras, ¿es tan importante en una campaña política electoral las grandes concentraciones, los nutridos desfiles, la estruendosa oratoria y las mentiras de siempre? Digo, porque desde hace muchos años ese espectáculo se repite y se repite y no hay el menor aporte de imaginación novedosa.

Cada que se realiza un acto público en cualquier ciudad de este país, ya no se antoja saber si hubo acarreados, o gigantescas porras, o banderolas, o matracas. Cada uno de esos eventos se hacen de acuerdo a la capacidad del bolsillo del candidato o del partido patrocinador.

Siempre se me ha figurado que esos actos públicos mitineros se ejecutan con la fuerza de chavos desocupados que saltan y gritan como desaforados para hacerle ruido al estrellito que tienen enfrente con tal de hacerlo sentir bien, aunque atrás de todo eso, está la compra económica de los asistentes.

Cada que ese tipo de actos se desarrollan, pienso mucho en la necesidad que tiene la gente para asistir a esas concentraciones con tal de recibir unos míseros pesos, más una torta y un refresco.

Ojala esa gente pudiera quedarse en su casa a leer no periódicos ni revistas, sino un buen libro.

Estamos viviendo en el siglo 21. Es el tiempo donde la tecnología y las comunicaciones están bastante desarrolladas, aunque desafortunadamente, los candidatos prefieren salir a recorrer caminos polvorientos que utilizar las comunicaciones tecnológicas donde millones de personas permanecen colgadas durante muchas horas al día.

Las redes sociales son las que más ocupan los candidatos, aunque más bien, las utilizan para echarse lodo encima unos a otros. Cualquier cosa que digan esos personajes, penetra a millones de hogares en fracción de segundos.

Si ustedes se han dado cuenta, a través de esos medios, bien los pueden usar para decirnos lo que piensan y sienten de tal o cual problema o anhelo comunes, pero en vez de eso, se dedican a empuercar con más ganas el chiquero. En eso se ha convertido este país.

En las reuniones multitudinarias, en las plazas civiles, parques deportivos, etc., lo que se entabla, es un diálogo de sordos. El orador grita a todo pulmón y la muchedumbre lo aclama a coro retumbante. En todo el mitin no hay plática ni intercambio de preguntas y respuestas. No hay comunicación ni conocimiento mutuo. Es una bola de gente, una masa de carne frente a un individuo que se sube a un estrado desde donde puede ver a la gente que se le arremolina. Pero para desgracia del candidato, mucha de esa gente no sabe a quién fue a ver, porque solo lo acarrearon.

Y lo de siempre: los organizadores de esos actos son los más interesados en que los vea el candidato, y los aclamadores automáticos o matraqueros, están interesados en que los vea el o los organizadores. Así es el juego de siempre y de todos los partidos políticos.

Ya estamos viviendo esas grandes pachangas oratorias que ya dejaron de tener ese sabor de espíritu y amor patrio, porque se han convertido en mensajes atentatorios contra el sentido común de los ciudadanos.

No hay duda. Cada vez son más corrientitos los candidatos, ¿apoco no?

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