2 marzo, 2021

¡Estamos hartos!

Las otras verdades / Eduardo Cruz Silva

En relación al supuesto diálogo establecido entre la Secretaría de Gobernación y la CNTE para encontrar una salida al conflicto magisterial que por enésima ocasión vive Oaxaca, es necesario subrayar que bajo supuestos fundamentalistas todo diálogo es una farsa. No son compatibles la descalificación total y el diálogo constructivo.

Una copia exacta de las mezcolanzas ideológicas (casi todas ellas, reaccionarias, y contestatarias a ultranza) que permean al interior de la Sección 22 y sus métodos de lucha. Todo se debe ver desde su particular óptica, caso contrario, se es enemigo.

Como oaxaqueño estoy sumamente molesto, que digo molesto, indignado, por ver la manera que la Sección XXII, sus engendros normalistas y ahora, otras organizaciones radicales hacen y deshacen a su antojo el Estado de Derecho de Oaxaca. No hay poder humano, ni argumento válido para ellos que le haga entrar en razón.

Son una especie de marabunta que sólo responde a sus propios intereses, no importa si para ello tienen que arrasar con toda una sociedad. Su ideologización, se ha convertido en un fanatismo que raya en la locura. Eso es lo que enfrentamos todos los oaxaqueños, para los que aún no lo quieren entender.

Para colmo, tenemos un gobierno timorato y complaciente al que le sobra lengua para justificarse y le faltan pantalones para actuar como se lo demanda la sociedad. El hartazgo se respira en todo el ambiente y cuando eso ocurre, normalmente, el propio pueblo se encarga de poner orden, muchas veces tiñéndose de sangre. Hacía eso nos encaminamos desgraciadamente.

Pedir al Gobernador de Oaxaca, Gabino Cué Monteagudo, el restablecimiento del estado de derecho y castigo a los responsables ya resulta ocioso. Simplemente los oaxaqueños padecemos un «estado fallido».

Curiosamente, sus panegiristas que se montan como garrapatas en cuanta protesta social se desarrolla en el interior o fuera del país y, en esos casos exigen la solución de los problemas sustentados en el uso de la razón y no de la fuerza, en el caso de Oaxaca guardan un complaciente silencio. Hipócritas.

Hace  casi dos años, el columnista del Diario Milenio, Román, Revueltas Retes, nos ofreció una pieza magistral al decir de Oaxaca: “Estamos hablando aquí de conductas de una criminal imbecilidad que despojan de cualquier legitimidad a las autoridades siendo que, en cualquier sociedad mínimamente ordenada, los ciudadanos les confían a sus gobiernos la tarea de preservar la seguridad pública y de castigar a quienes cometen contravenciones. En este sentido, el ejemplo que está dando el Gobierno de Oaxaca es simplemente calamitoso para la nación entera. Estamos hablando de una total subversión de los valores de la moral pública que, para mayor escarnio, la propulsa el poder mismo al concederles la preeminencia a los brutos.

Nada justifica la inacción de las autoridades. Eso sí, sospechamos que el gobernador aliancista y los suyos, habiendo celebrado en algún momento pactos con los revoltosos, han decidido cederles la plaza. Mandan, pues, las minorías.

Pero, hay más: los destrozos y los pillajes exhiben muy palmariamente la realidad de un país bárbaro y, sin embargo, el mayor crimen que han perpetrado los “maestros” (¡son enseñantes, madre mía, encargados de trasmitir conocimientos y valores a los alumnos!) es dejar en el abandono educativo a millones de niños mexicanos. Este hecho, en sí mismo, es una auténtica traición a la patria —un crimen imperdonable, ahí sí— y debería de merecer las más draconianas sanciones. Pero, justamente, la indiferencia general de las autoridades ante una violación tan descomunal nos habla de la catadura moral de este país y nos explica, de paso, por qué una turba de agitadores puede destrozar a su antojo la sede de un partido político sin que la fuerza pública se aparezca siquiera por el lugar. La descomposición de los valores colectivos es evidente en la circunstancia de que los derechos de los pequeños estudiantes de México pueden ser pisoteados insolentemente por una organización corporativista.

¿Qué intereses cuentan más, en este país? La respuesta ya la tenemos: en algunos territorios, por lo pronto, se perpetra públicamente la vileza de sacrificar el futuro de los niños de la nación para contentar a una organización de modos mafiosos. Un país que traiciona a sus niños es un país condenado, diría yo. A ver si se enteran, las autoridades de Oaxaca, un estado tan hermoso como maltratado”.

El titulo que Revueltas Retes da a su columna recoge la misma pregunta que nos hacemos todos los oaxaqueños: ¿Quién va a poner orden en Oaxaca?, De lo que si estamos ciertos es que ¡estamos hartos!

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