Opinión | La flor del saxofón

Jorge F. Hernández | Milenio

No escribo su nombre para intentar honrarla en todas: cada una de las muertas, heridas, vejadas, golpeadas, violadas, abusadas, insultadas, acosadas, agredidas o quemadas con ácido. Tampoco escribo el nombre del agresor o agresores, acosador o callados cómplices y la penosa retahíla de quienes sean capaces de solapar, encubrir e incluso, justificar la barbarie y el horror de uno y todos los casos de feminicidios, agresiones sexuales… pero me concentro en la flor de un saxofón.

Un animal acosa a una mujer músico, una saxofonista de Oaxaca, flor de piña, huipil encendido con mensajitos que deberían tipificarse como amenazas desde el primer renglón. El animal acosa afirmando que todo músico no es más que un “muerto de hambre” y farda como almizcle de su pútrida seducción la hueca promesa de lo bien que le iría a su víctima si se entregara a sus redes. ¿De veras? ¿En verdad sigue siendo posible que la escoria de todos los días intimide en persona o con mensajes que proponen la terrible banalidad de una balanza de la más pura imbecilidad siniestra: o estás conmigo o te mato? Peor aún, se trata de un caso más en el que la adrenalina caliente de la maldad reposa confiada en la impunidad garantizada.

La tragedia de la flor del saxofón venía anunciada en cada uno de los pasos con los que fue reptando la hirviente demencia de su acosador: su cara de caricatura y su credencial de diputado del PRI, el nudo horrendo de su corbata en la foto burocrática que ojalá pueda repetirse muy pronto, de frente y de perfil, con una placa de números sobre el pecho y contra un fondo reglado donde quede consignada la diminuta estatura del animal en cuanto ingrese a la prisión que merece. La tragedia se anuncia en la insistencia de la necedad, la creciente amenaza que empieza con sutileza y que poco a poco va en ebullición, cobijada por las formas generalmente aceptadas de la confusión. Pero la tragedia también se filtró en la inconcebible lentitud y estorbo con los que supuestamente se quiso atender a una mujer ya rociada en cuerpo y rostro con ácido: dilación, regodeos, estorbos y nada ante la emergencia. Fue gracias a la presión pública que ejerció la familia que la flor del saxofón logró su traslado a la Ciudad de México y a la posibilidad de ser atendida.

Esa mujer y todas las víctimas precisan del vendaje instantáneo y el mínimo bálsamo de la solidaridad, apoyo, consuelo o aliento que pretenden estas líneas, pero también lo otro: todas las víctimas y esa mujer deberían respirar hoy mismo el aliento de una auténtica transformación, el de la auténtica ejecución de la justicia eficaz e inapelable, el de la reprobación y denuncia, el castigo y más que contrición, la construcción de un inédito paisaje donde este horror quede totalmente erradicado de tantos hogares, oficinas, escuelas, locales, calles y callejones de México. El saxofón es una maravilla que hipnotiza lo mismo en jazz que en los quioscos de las plazas de banda o los callejeros ambulantes que van serenando balcones. El saxofón canta el blues y nunca ha sido integrado entre las sillas oficiales de la filarmónica o las partituras de las sinfónicas o los recitales del privilegio.

El saxofón es una garza invertida de cuello largo y piel dorada, en alto como prima del clarinete y en tenor como la voz ronca de un elefante… el saxofón se alinea en las marchas de los contingentes de uniforme intacto y se pierde en la luna de las madrugadas en soledad… el saxofón se vuelve ahora flor en homenaje a la valiente mujer que insistió por las buenas, intentó con cautela defenderse, alejar al animal y volar en música. El asqueroso horror de odio y violencia con la que han quemado su piel no ha de romper los pétalos que volverán a crecer con su aliento, la música pura del silencio con el que Ella, Todas, mantienen intacta la partitura de la dignidad, la honra de alma que no se quema, la mirada intacta… lejos del estiércol endemoniado del macho imbécil, delincuente desafinado, demente deleznable… Él y todos como Él.

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