Las señales

© César Martínez López
CIMACFoto: César Martínez López
Por: Cecilia Lavalle*

Cimacnoticias | México, DF.

Son como las moscas. Cuando aparecen, están por doquier. Y, a menudo, se suele hacer lo que se hace con las moscas: las ignoramos o, peor, nos convencemos de que no molestan.

Me refiero a las señales. A esos avisos que nos pone la vida arriba, abajo, enfrente, alrededor, para advertirnos, para avisarnos, para cuidarnos. Y me refiero, también, a lo mucho que con frecuencia las ignoramos.

Ahí estaba yo, sentada en la sala de espera de un aeropuerto, cuando fue inevitable levantar la vista y mirar a la pareja que estaba frente a mí.

Y no porque él fuera un hombre joven y guapo (que lo era), con aires de actor de telenovela (y en una de ésas lo era). Y no porque ella fuera una mujer joven y bella (que lo era), vestida como modelo de revista (y en una de ésas lo era). Sino porque discutían en voz alta.

Con voz de niña que quiere un caramelo antes de la comida, ella le decía que estaba molesta porque la había tratado como una idiota al depositar el equipaje. Y él, con el tono que usan quienes se creen dioses del Olimpo, entre condescendiente y a punto de lanzar un rayo, le respondía que no era cierto, que él no había dicho nada.

Con la cabeza ladeada, como niña que no quiere ser regañada, ella insistía en que no era lo que él había dicho, sino en cómo lo había dicho, que por el tono y el gesto que puso en su cara le quiso decir que era una imbécil.

Y él, sin bajarse medio milímetro de su pedestal, le contestaba irónico “¿¡Qué!? ¿¡Ahora resulta que eres adivina, que sabes lo que quiero decir!?”

Sí, ahí estaban las señales como moscas. Ahí estaban volando alrededor de la joven para advertirle que el tipo que tenía al lado la trataba mal y la consideraba un ser muy inferior a él.

Y también ahí estaba ella ignorando las señales, haciendo caso omiso a lo que percibió con toda claridad, y negando que su adonis era, en realidad, un macho de pies a cabeza.

Porque más allá del motivo de la discusión, en realidad el hombre la estaba tratando con desprecio. Ignoraba y descalificaba lo que ella sentía y, por si fuera poco, casi podría decir que se esmeraba en hacer evidente para la concurrencia que, en efecto, su acompañante no estaba a su altura, era una idiota; pero, era hermosa.

Pensé en lo mucho que sufriría esa bella mujer si insistía en no mirar las señales, si se empeñaba en desmentir sus percepciones, sus sentimientos.

Pensé en el daño que se nos ha hecho a las mujeres al ser formadas para asumir que nuestros galanes son como dioses del Olimpo que hay que tratar con veneración.

Pensé en lo importante que es que las mujeres identifiquen con toda claridad la violencia emocional. Una violencia que deja enormes moretones en la autoestima.

Pensé en el daño que se hace a las personas al educarles para descalificar sus percepciones, para desoír lo que su intuición les dice, para callar su voz interior.

La discusión terminó con un: “No me vuelvas a decir eso, porque te doy una bofetada”, dijo él, rió y le plantó un beso. Ella rió también y respondió al beso.

Y yo me quedé helada mirando señales de peligro por todas partes, mientras la bella mujer flotaba como si el amor la cobijara.

Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com

*Periodista y feminista en Quintana Roo, México, e integrante de la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género.